Astilleros modernos donde tradición y tecnología se encuentran

En la orilla de la ría donde el salitre se pega a la piel y la bruma huele a trabajo bien hecho, los talleres navales encadenan amaneceres con un ritmo que mezcla oficio y software. Allí, los fabricantes de barcos Cambados conviven con un pasado de madera, remaches y paciencia, mientras escuchan sin miedo la música de los robots, de las impresoras 3D y de las simulaciones hidrodinámicas en pantallas gigantes. No hace falta rascar mucho para encontrar la historia, pero hoy es más útil observar cómo esos maestros que conocen la veta del pino como la palma de su mano llevan casco de seguridad y gafas de realidad aumentada para encajar piezas con tolerancias milimétricas. La escena puede parecer una contradicción, pero en estas naves el futuro no pelea con la tradición; la reprograma con respeto, con sentido común y con una pizca de retranca.

Quien se acerca buscando un casco que planee con mar de leva y que, además, pase inspección con nota, descubre que la precisión empieza en el ordenador. Los modelados 3D han sustituido al antiguo contrachapado de plantillas, y el primer corte se hace en máquinas CNC que no bostezan ni después del café. Aun así, el oído fino del veterano sigue mandando: si el aluminio canta demasiado al soldar o si el olor de la resina cuenta otra historia, se levanta la mano, se revisa el plan de laminado y se rehace lo que haga falta. Es la diferencia entre producir y construir, entre sacar unidades y entregar barcos que navegan como si fueran parte de quien los gobierna.

En el apartado de materiales, el catálogo local ha crecido sin perder su alma. La carpintería de ribeira convive con cascos de fibra de vidrio por infusión al vacío, híbridos con refuerzos de carbono en zonas de esfuerzo y estructuras de aluminio naval que reducen peso sin comprometer rigidez. La obsesión es clara: más millas por litro, más confort en navegaciones largas y menos mantenimiento en una vida útil que ya no se mide solo en horas de motor, sino en datos que llegan a la nube desde sensores repartidos por la embarcación. La electrónica no se queda en el puente; vibra en los ejes, respira en las sentinas y piensa en los generadores, anticipándose a averías con el mismo empeño con el que antes se escuchaba la vibración para adivinar un desequilibrio.

El mercado manda y Cambados ha aprendido a leerlo con atención. Pesca artesanal y de bajura, auxiliares para acuicultura, turismo náutico con conciencia ecológica, embarcaciones de apoyo para puertos y servicios de salvamento, patrulleras ligeras que necesitan salir del muelle como si llevasen prisa siempre. Para cada uso, un plan de construcción a la carta: de la ergonomía en cubierta al ángulo de ataque del bulbo, de la insonorización del cuarto de máquinas al recubrimiento antifouling libre de biocidas. Quien venga pensando que “todas las lanchas son iguales” se irá con una libreta llena de decisiones que parecen pequeñas pero suman nudos, estabilidad y noches de sueño tranquilo.

La sostenibilidad dejó de ser una palabra de moda cuando la factura del gasóleo subió y las normativas europeas se pusieron serias. Aquí se habla de propulsiones híbridas para rutas cortas, de packs de baterías modulares para operaciones en rías y de motores más limpios que ya no te obligan a pedir perdón a los peces. Se estudia la curva de carga, se calcula el retorno de inversión sin prometer milagros, y se prueban prototipos que buscan el punto dulce entre autonomía y emisiones. Incluso el proceso de construcción se limpia: resinas de baja emisión, aspiración eficiente de polvo, reciclaje de recortes y energías renovables en cubierta de nave para que el sol, además de broncear al aprendiz en la hora del bocadillo, también alimente el compresor.

No es casualidad que a la primera visita sigan otras tres. El cliente curioso suele regresar con preguntas más agudas: qué certificación garantiza el casco, cómo se homologan los pasamanos, por qué los mamparos tienen esa forma peculiar o qué pasa si en un futuro quiero añadir una grúa. La respuesta, casi siempre, nace en el gemelo digital de la embarcación; ese archivo vivo que guarda pesos, inercias, cableado, tuberías y perímetros de seguridad. Con él se programan modificaciones sin sustos y se planifican mantenimientos que no obliguen a secar el barco durante medio verano. El humor también ayuda a digerir los diagramas: “la electrónica hace milagros, pero el agua de mar no entiende de Wi‑Fi”, bromea uno de los ingenieros mientras enseña los sellados con una seriedad que no admite atajos.

El capital humano es el activo más difícil de copiar. La vieja guardia enseña truco a truco, los chavales salen de la FP dual con las manos limpias de teoría y ganas de mancharlas con esmalte epoxi, y no faltan mujeres en el corte, en la soldadura y en la oficina técnica, que ya va siendo hora de desterrar tópicos. Nadie se lleva las manos a la cabeza cuando una maestra laminadora corrige a un jefe de proyecto; aquí manda quien sabe y se aplaude el aprendizaje tanto como un buen carenado. La cantera no se improvisa: alianzas con institutos, puertas abiertas para que los críos se enamoren de un oficio y patrocinio de regatas que coloca el logo del taller donde más duelen las derrotas: en una boya que se pasa por centímetros.

La red de proveedores arropa. Motores desde Vigo, electrónica con sello de Rías Baixas, textiles técnicos de la comarca, herrajes que llegan puntuales y un taller vecino que te salva el día cuando hace falta una pieza torneada a última hora. La logística se afina para que el barco no cueste más por esperas que por chapa y horas de mano de obra. Cada tornillo tiene DNI, cada lote queda trazado, y si se detecta un defecto, el protocolo corre más que una dorada asustada. A los clientes de fuera les sorprende esa coordinación casi intuitiva, pero si preguntas en el puerto te dirán que el mar enseña a cooperar mejor que cualquier MBA.

Queda el capítulo más difícil: vender sin prometer océanos de color rosa. Se explica con transparencia el coste real de equipar con baterías, se compara la huella de carbono de distintas soluciones, se proponen mejoras que no dependen de la moda sino del uso: un timón equilibrado, un flap bien calibrado o un aislamiento que evita conversaciones incómodas con el motor a 2.200 rpm. Y, cuando alguien pide “un barquito sencillo, de los de antes, pero con todo lo moderno”, no se levanta ceja: se abre el cuaderno y se diseña un casco que se maneje como un viejo amigo y se cuide como un smartphone, con actualizaciones discretas y avisos que llegan antes del problema.

Si el lector todavía piensa que esto va de artesanos contra ingenieros, quizá le convenga asomarse a un botado, escuchar el murmullo de la grada, oler el gasoil mezclado con laca y ver cómo una embarcación nueva se come la ría con una estela limpia y un motor que ruge bajito, como si no quisiera molestar a los percebeiros de la escollera. No hay milagros, hay método; no hay secretos, hay detalle; no hay recetas universales, hay una larga conversación entre quien encarga y quien construye. Y sí, también hay orgullo cuando, meses después, el armador llama para decir que el barco hace exactamente lo que prometía el plano, incluso en esos días caprichosos en que la marea y el viento deciden darle al oficio su examen más sincero.