Quien ha paseado un día de nordés por el Orzán sabe que el Atlántico tiene sus propias reglas y pocas ganas de negociar. Un minuto el agua parece de postal y al siguiente las corrientes juegan a la ruleta con el bañista distraído. En ese tablero inestable, la diferencia entre mirar y actuar la marca la preparación, y no hablamos de un simple cursillo de verano: hablamos de criterio, técnica y sangre fría. Por eso un curso de rescate acuático en A Coruña no es un capricho formativo, sino un salvavidas tangible para profesionales, deportistas de mar y cualquiera que entienda que la mejor historia es aquella que no termina en titulares.
La clave, repiten los instructores con tono de cronista veterano, está en leer el agua antes de entrar en ella. Identificar resacas, canalizaciones entre bancos de arena, mar de fondo camuflado por un sol de justicia y olas cruzadas que convierten el baño inocente en una coreografía imposible. En la ciudad herculina, donde la playa se abraza al paseo y los inviernos se recuerdan en verano, esa lectura es tanto ciencia como oficio: mirar la orientación de la serie, el juego de espumas y ese extraño espejo en calma que delata la salida de la corriente. No hay dramatismo, hay método, y el método empieza por prevenir y continúa por intervenir con precisión quirúrgica.
Cuando la prevención no basta, entran en escena las técnicas que separan la épica cinematográfica de los resultados reales. Desde aproximaciones seguras con y sin aletas, entradas “de control” para no perder de vista a la persona en apuros y zafaduras para liberarse de agarres desesperados, hasta el uso inteligente del material: tubo de rescate, boya tipo torpedo, tabla o incluso motos acuáticas con camilla. Nada de correr hacia el oleaje como si no hubiera mañana; primero contacto visual y verbal, luego flotabilidad, después remolque y, si procede, extracción coordenada. El heroísmo aquí lleva neopreno, pero sobre todo lleva protocolo.
El primer auxilio ya no se concibe como un apéndice, es el corazón operativo. RCP de alta calidad sobre arena blanda o pavimento del paseo, manejo de desfibrilador semiautomático, control de vía aérea en paciente inconsciente dentro del agua sin que la situación derive en un segundo incidente, tratamiento de hipotermias con cabeza fría —literal y figuradamente— y atención a lesiones traumatológicas por impacto contra rocas o fondo. Conceptos como el afterdrop dejan de sonar a jerga para convertirse en decisiones concretas: cuándo mover, cómo abrigar, a quién avisar y con qué datos precisos.
A nivel organizativo, el trabajo ya no es de llanero solitario. La coordinación con 112 Galicia, Salvamento Marítimo, Protección Civil y servicios municipales obliga a pensar en equipo desde el primer silbato. Comunicar por radio con mensajes breves y eficaces, establecer un punto de encuentro, delimitar zonas caliente, tibia y fría, asignar roles y mantener la trazabilidad de lo que sucede mientras el tiempo corre como el agua, todo suma. El dispositivo se planifica en minutos, y en esos minutos el orden mental marca la diferencia entre un susto y una pérdida.
En el terreno, las prácticas rehúyen la comodidad. Hay simulacros con mar de fondo, viento cruzado y visibilidad justa, entrenos nocturnos con referencias del paseo marítimo, y escenarios en roquedos que enseñan a moverse con casco, chaleco y sentido común. Se trabajan entradas por zonas de espumas, aproximaciones laterales para evitar la línea de energía de la ola y salidas por canales más amables aunque parezcan menos directos. También se entrena el “saber no entrar”: la decisión, tan difícil como valiente, de esperar refuerzos o material porque el riesgo multiplicaría el problema.
El músculo es importante, la cabeza más. Resistencia en nado con mar rizado, apnea funcional para maniobras cortas, gestión del CO2 para no confundir alarma con rendimiento y, muy especialmente, control del estrés. La psicología del rescatador no se improvisa: respirar, observar, decidir y ejecutar con la serenidad de quien ha repetido la secuencia cien veces. También se entrenan las conversaciones incómodas con ese bañista seguro de sí mismo al que el mar le cae simpático; la asertividad, bien usada, ahorra intervenciones y preserva orgullos.
El atractivo laboral existe y no es un secreto. Temporada de playas, instalaciones deportivas, clubes de surf, eventos náuticos, pruebas de aguas abiertas y triatlones en la bahía demandan perfiles que combinen solvencia técnica con trato al público. Esta capacitación no solo abre puertas durante el verano: extendida a puertos, rías y actividades de turismo activo, amplía meses de trabajo y tipologías de servicio. Para quien compagina estudios con empleo estacional, o para profesionales del deporte que buscan especializarse, la inversión de horas se traduce en empleabilidad y, de paso, en una red de contactos que se teje entre salitre y madrugones.
Los itinerarios formativos serios suelen combinar aula, piscina y playa, con bloques que van de las 80 a más de 120 horas, prácticas reales y evaluación física y técnica. Se pide solvencia en nados continuos y pruebas específicas como remolcar a una víctima consciente e inconsciente, completar recorridos cronometrados con material y demostrar dominio en maniobras de extracción y soporte vital básico. La recertificación periódica y las actualizaciones —nuevos protocolos de RCP, cambios normativos, material emergente— no son un capricho burocrático; el mar cambia, la profesión se ajusta.
Hay también un valor civil que trasciende el empleo. Familias que disfrutan de las playas urbanas, grupos escolares en travesías, aficionados al paddle surf en días “bonitos” que esconden resaca, pescadores de costa que subestiman una serie traicionera: cuanto más tejido social conozca las pautas de seguridad, menos crónicas negras habrá que escribir. Y sí, se pierde un poco de romanticismo de postal cuando uno aprende a ver en la ola no solo belleza, sino vectores, fondos y escapes; a cambio se gana un respeto práctico que salva tardes.
Si a todo esto se le suma el ecosistema local —una ciudad que vive de cara al agua, con una cultura marinera que se palpa en el paseo y con profesionales que han convertido la experiencia en conocimiento transferible—, la propuesta se vuelve casi obvia. Prepararse aquí significa entrenar donde se trabaja, con las condiciones que mandan y con la red de servicios con la que, llegado el caso, tocará coordinarse. El mar seguirá siendo mar, imprevisible y poderoso; que nos encuentre listos no es cuestión de épica, sino de oficio y de responsabilidad compartida.